La obsesión por la publicidad naranja de Samuel García ha llevado a la actual administración a extremos verdaderamente insólitos en Monterrey. En lugar de restaurar la infraestructura vial dañada, el gobierno estatal prefiere aprovechar los restos de un puente peatonal sobre la Avenida Constitución para instalar logotipos monumentales y presumir la supuesta modernidad.
El impacto de la publicidad naranja estatal
La gestión de Nuevo León ha demostrado reiteradamente que su prioridad absoluta es el impacto visual por encima de la utilidad pública. Por consiguiente, los ciudadanos observan atónitos cómo las estructuras destrozadas se transforman de pronto en enormes plataformas de propaganda gubernamental sin ningún beneficio social aparente para los peatones.
Resulta irónico que un espacio originalmente diseñado para la movilidad segura termine sirviendo únicamente para glorificar al mandatario. De este modo, los automovilistas que circulan por la zona del Obispado son testigos de un monumento político erigido sobre las bases de una infraestructura fallida e inoperante desde hace varios años.
El contraste entre el abandono urbano y el derroche promocional genera justificada indignación entre la población regiomontana. Mientras los transeúntes carecen de vías seguras para cruzar las avenidas, la maquinaria burocrática invierte recursos valiosos en colocar gigantescos leones institucionales que fungen como espectaculares estáticos.
Columnas viales y publicidad naranja inútil
Todo comenzó en el 2020 cuando un aparatoso accidente vial dejó inoperante el cruce peatonal que conectaba con la Virgen de Guadalupe. En ese momento, las autoridades municipales determinaron que la estructura presentaba riesgo de colapso y decidieron retirar la mayor parte de la obra civil para evitar una tragedia sobre los carriles principales.
Aunque el retiro de los escombros dejó un panorama desolador de pilares truncados y escaleras que no conducen a ninguna parte, el estado encontró una oportunidad. En lugar de gestionar la reconstrucción integral del paso peatonal, la administración prefirió montar sus emblemas sobre las ruinas existentes para no desaprovechar la altura del lugar.
Esta cuestionable decisión evidencia una preocupante falta de planeación urbana que subordina las necesidades ciudadanas a las exigencias del marketing. Por lo tanto, los dos tótems instalados recientemente sobre las viejas columnas del Río Santa Catarina no representan un avance modernizador, sino más bien un testimonio del cinismo institucional.
Obras inconclusas frente a la publicidad naranja
Esta peculiar fiebre por etiquetar cada rincón del estado cobró una fuerza inusitada desde principios del pasado año electoral. Supuestamente, la celebración del bicentenario de la entidad sirvió como justificación perfecta para inundar las vialidades con logotipos financiados por el erario público bajo el pretexto del orgullo regional neoleonés.
La instrucción desde el palacio de gobierno fue clara y abarcó incluso aquellos proyectos que apenas se encontraban en fase inicial. Como resultado de esta directriz oficial, la ciudadanía se acostumbró a ver majestuosas placas colocadas caprichosamente en medio de terrenos baldíos, excavaciones polvorientas y proyectos viales sin fecha de entrega.
El caso de la carretera Interserrana ilustra perfectamente esta desconexión entre los discursos triunfalistas y la cruda realidad física. En los tramos de los municipios rurales, los enormes emblemas de la nueva política se alzan imponentes mientras las maquinarias siguen detenidas, los trabajos a medias y los verdaderos beneficios ausentes.
Usan un puente destruido para poner publicidad de Samuel García
Analizando la situación actual de la Avenida Constitución, resulta evidente que la estética gubernamental ha devorado al sentido común. Resulta inverosímil que los recursos operativos se destinen a embellecer escombros en una de las arterias viales más congestionadas de la metrópoli regiomontana, donde las urgencias de infraestructura sobran a diario.
Diferentes legisladores han señalado que este tipo de gastos superfluos reflejan una administración desconectada de las verdaderas urgencias. Además, el constante bombardeo visual busca generar una falsa percepción de progreso que choca frontalmente con el deterioro evidente del espacio público y las carencias del sistema de transporte urbano.
El afán desmedido por dejar una marca indeleble en la ciudad provoca que las autoridades pierdan de vista el objetivo del servicio. En consecuencia, el ciudadano promedio transita entre recordatorios de un gobierno que prefiere simular resultados antes que invertir esfuerzo y planeación en soluciones definitivas para los severos problemas de la urbe.
La costosa fiebre por los tótems gubernamentales
El despliegue de esta campaña propagandística sobre pedestales de concreto representa algo más que una anécdota de mal gusto. En realidad, constituye un síntoma alarmante de un modelo de gestión que valora excesivamente las apariencias superficiales mientras relega el bienestar tangible de los habitantes que demandan acciones gubernamentales serias.
La transformación de unas ruinas urbanas en un altar a la vanidad política devela la falta de autocrítica que impera en el ejecutivo. Es evidente que, mientras el logotipo luzca resplandeciente ante los conductores, las promesas de movilidad integral y seguridad peatonal continuarán archivadas en el olvido hasta que ocurra un verdadero desastre.
Finalmente, la estampa de los emblemas coronando un cruce inservible quedará como el resumen visual perfecto de esta polémica etapa. Seguramente, las futuras administraciones recordarán este periodo no por la infraestructura completada, sino por la obsesiva necesidad de estampar firmas en proyectos rotos que jamás cumplieron su noble propósito original.
Podrías leer: El costoso escenario para la Princesa de Japón en NL: Un montaje que indigna
Gobierno de Nuevo León intenta ocultar a los desaparecidos en Monterrey previo al mundial
Array









